Acababa de cumplir seis años y las niñas y los niños del salón recién hacíamos los primeros ejercicios con lapicero sobre una hoja. Algo así como un sinfín de eles en letra pegada a lo largo de cada renglón, sin dejar de entonar al unísono la misma estrofa.
Corre, vuela, surca las olas del mar
Quién pudiera a una sirena encontrar
En ese lindo punto de la escritura, mi mamá y mi papá se ganaron unas becas para estudiar en Francia y, de un día para otro, iba de la mano con mi papá hacia el nuevo colegio. Estábamos en Eybans, algo así como un Itagüí de Grenoble, la tierra natal de Stendhal. Vivíamos en un apartamento con mi hermano José Manuel y nuestra dirección era Rue Lamartine. No me acuerdo qué número.
En ese tiempo, como es de suponer, yo no tenía la menor idea de quién era Lamartine. Y si de pronto llegué a preguntar de dónde provenía el nombre de la calle, seguro no me interesó en lo más mínimo que fuera un poeta reconocido y uno de los grandes exponentes del romanticismo francés. Para mí lo mismo daba, y bien podría haber sido el nombre de cualquier otra cosa. Lo cierto además era que yo no sabía ni media palabra de francés y solo ese día, de camino al colegio, mi papá alcanzó a enseñarme un par de frases.
Je m´appelle Miguel.
Je suis colombien.
Eso fue todo. Lo siguiente fue voltear por una enorme cancha de tierra y empezar a ver niñas y niños que revoloteaban sobre el cemento, a pesar de sus estrafalarias mochilas paquidérmicas.
Después de cruzar la reja del école Belair, vimos un edificio alargado de tres pisos con un gran campo de asfalto, interrumpido por unos cuantos árboles que en Francia llaman platán (platanes) y que, curiosamente, los españoles no tuvieron mejor idea que bautizar como plátanos. Unos árboles muy altos, de amplias ramas, cuyas hojas son muy similares a la del arce que aparece en la bandera de Canadá. Sueltan una pelusa muy parecida al temido pica-pica y pronto descubrí que abundaban en la región.
Unos pasos más adelante apareció una señora que resultó ser madame Didier, mi nueva profesora. Alcanzó a decirme varias cosas que no entendí en absoluto y se quedó hablando un rato con mi papá. Finalmente él se agachó a despedirse y madame Didier me condujo de la mano hasta el edificio y luego me dejó al cuidado de un compañero llamado Pascal. Ella hizo también que nos tomáramos de la mano y Pascal se encargó de llevarme al salón en el segundo piso.
Madame Didier me presentó frente a toda la clase. De hecho, es posible que yo mismo haya pronunciado ante todo el mundo mis únicas dos frases disponibles. Pero no estoy muy seguro. Lo importante, en todo caso, fue que me asignaron un puesto junto a un ventanal que miraba hacia la platanera y que la profesora empezó a dar instrucciones inentendibles. Era septiembre. El primer día del año escolar.
En Francia la educación es gratuita y obligatoria y a cada quien le asignan el colegio que esté más cerca de su casa. También le dan cuadernos, lapiceros y demás y se le entregan varios libros de texto que debe cuidar de la mejor manera posible. Todo esto para decir que, en un momento cualquiera, madame Didier empezó a repartir los útiles escolares y que pronto descubrí, algo desconcertado, que todos mis compañeros ya sabían leer y escribir.
En las orillas de ese recuerdo, alcanzo a notar una pizca de pánico. Sin embargo, los niños suelen portarse como esponjas que absorben inusitadas cantidades de información y en los siguientes recuerdos me veo hablando y escribiendo en francés sin haber pasado por ninguna fase intermedia. De hecho, si me pongo a ver, es el otoño quien acapara la memoria de aquellos días. Hojas y hojas de platán mutando de color y asemejándose cada vez más a las imágenes de los rompecabezas de mi tía Ximena. La corteza de los árboles se iba también descascarando y, según la capa, aparecían distintas manchas con todo tipo de gamas. Recuerdo además que empecé a guardar algunas hojas entre los libros, para luego triturarlas y formar un bello ripio multicolor.
Una tarde después de almuerzo, andábamos jugando fútbol con una pelota de tenis, cerca de una malla que delimitaba el colegio, cuando empezó a ventiar de una manera que jamás creí posible. Las hojas de los plantán sonaron de inmediato como un océano y las miradas de los niños se dirigieron a los árboles. Las hojas coloridas volaron muy pronto en remolinos exorbitados y yo simplemente empecé a correr como una marioneta guiada por un impulso mágico. Una inmensidad fabulosa me invadió el pecho y corrí en mil direcciones distintas rebotando de un lado para otro como si pretendiera agarrar todas las hojas al mismo tiempo. Entretanto, el viento continuaba su ráfaga turbulenta y las innumerables hojas crepitaban bajo un cielo gris, en el que yo no cabía dentro de mi propio cuerpo.
Cuando el viento finalmente cesó, los árboles habían perdido buena parte de sus hojas y un rebaño de alumnos y profesores me observaban detenidos, en una inesperada mezcla de ternura y asombro.
De modo que así aprendí a escribir. A la brava. En francés. Sin darme ni cuenta. En medio de una platanera, donde las hojas volaban a su antojo, bajo la atmósfera inocente de un suave recuerdo tecnicolor.