Perrito

Uno se despierta todavía de noche, sin haber dormido casi nada, y siente de golpe que el mundo se presenta excesivamente denso, casi imposible de experimentar. Es más, por un instante, el mundo y uno mismo alcanzan a fundirse en una sola atmósfera, en la que flota una consciencia lagañosa y difusa. Un sentir que roza la disolución, a la orilla de una franja incierta.

A partir de ahí, el curso del tiempo se enciende y los acontecimientos empiezan a repetirse de la misma forma que los días anteriores. El ruido horrible del reloj-despertador. Remanentes de algunos sueños. Pensamientos desdibujados. Rezagos de uno mismo. Más que todo, esa extraña costumbre de lo ineludible. De constatar, una y otra vez, que el último instante de la noche anterior apenas difiere del actual, como si dos segundos estirados fueran indespegables en medio de una extraña baba pastosa. Los párpados, entretanto, continúan enredados en la oscuridad. El cansancio sigue igual. También el frío.

Como si otro tipo de realidad no fuera posible, los números azules del reloj-despertador desgarran un rincón de la penumbra. 3:02 de la mañana. La prueba irrefutable de esta nueva vida, cuyo ciclo vuelve a empezar una vez más, sin que yo mismo logre explicármelo. Toca levantarse, entonces, y atravesar el corredor entre la masa informe que cubre los sentidos y sus molestos alrededores. Finalmente, como por arte de magia, emerge una oscuridad algo desteñida, esbozando el camino que lleva a la cocina.

A continuación, mis pasos helados se revelan como si fueran exactamente los mismos de otro día. Unos pasos ya dados con anterioridad, que no aportan ninguna variación al desplazamiento zombificado de mi cuerpo.

Consigo encender la luz de la cocina y pongo en marcha la cafetera eléctrica. Luego, como si saltara entre locos parpadeos de la materia, aparezco de repente en el baño y me zambullo en un chorro de agua hirviendo, que se encarga de limpiar las capas más inhóspitas de la consciencia. Voy al cuarto a vestirme y, de un momento a otro, estoy sentado en la mesita del corredor de afuera, junto a una jarra de café, contemplando la oscuridad nebulosa del bosque.

Por un segundo, alcanzo a lamentarme. Como si el mismo pensamiento quejumbroso fuera capaz de presentarse cada mañana a una hora exacta, solo para recordarme que no hago mucho por remediar la situación. Lo más seguro, en realidad (o en irrealidad), es que todo se deba a la jugada de un infame yo del pasado que ahora me lleva a recorrer, a diario, semejante cantidad de kilómetros en dirección al trabajo. Por eso estoy siempre cansado. Y con sueño. Como si titilara en una vetusta variante del tiempo, donde una gran cantidad de vivencias se compactan en unos cuantos hechos.

Alguna gente lo llama rutina. Pero esto es diferente. Va mucho más allá. Haga lo que haga, no parecen surgir nuevos acontecimientos y cada pixel de los sentidos no es otra cosa que un calco sin gracia de alguna experiencia anterior. Todo se repite. Incluso estos pensamientos mortificantes. Lo absurdo. La crítica del absurdo. En fin. La repetición de la repetición.

De lunes a domingo no debo hacer otra cosa que salir todavía de noche y caminar por un atajo que atraviesa el bosque y luego seguir por un estrecho sendero que avanza entre dos potreros electrificados que desembocan en un amplio cultivo de fríjol. Finalmente llego a la carretera principal y me dedico a esperar el bus que viene de Argelia. Unas horas después llego a Medellín y me monto al metro en la estación Exposiciones. De ahí voy hasta Niquía y bajo como un sonámbulo por las escalas de la estación. Luego cojo el bus que me lleva directo a la empresa y pienso sin falta en el traslado que me prometieron hace meses. Es más, de tanto repetirse, la palabra traslado parece abarcar mi vida entera. El futuro traslado. El traslado constante.

Después de servirme otro pocillo de tinto, sigo dándole cuerda a esa trillada fase de regañarme a mí mismo, sintiendo que las espirales de repetición me acorralan como a un boxeador a punto de ser noqueado. Infortunadamente, ese tipo de sentimientos y de comparaciones no son otra cosa que el torpe cascarón de un ciclo sin fin. Algo así como la vida de un hámster que corre sobre una rueda con la mirada perdida, entre una jaula de apariencia infinita.

Y quién sabe. A lo mejor este infortunado orden de las cosas no es más que una anomalía cósmica. Como si de pronto, por algún azar que rige las fuerzas del universo, las infinitas posibilidades del cosmos estuvieran a punto de agotarse y, obviamente, yo no tuviera la más mínima responsabilidad en el asunto. Esa idea, de hecho, no se me había ocurrido jamás, y alcanzo a detallarla con sorpresa, sin importar que mi ocurrencia me parezca absurda desde el primer instante. De todas formas, también es algo normal y, en definitiva, no deja de ser divertido pensar algo por primera vez. En especial, cuando se lleva demasiado tiempo pensando exactamente lo mismo. De modo que, por un instante, tengo la linda sensación de haber ampliado las reglas de un juego que ni siquiera entiendo. Aun así, esa misma novedad no tarda en agotarse en su propia insignificancia y prefiero acabarme de un sorbo el pocillo de tinto.

En esas estoy, cuando un perrito de color café, medio anaranjado, emerge entre las sombras del guadual. Aunque es la primera vez que lo veo por estos lares, me parece reconocer a uno de los cachorros de la camada de Ñapa, la perra de la tienda que parió un montón de perritos idénticos hace ya varios meses y que, en cuestión de días, los vecinos de la vereda se encargaron de adoptar.

El perrito se acerca moviendo la cola. Tiene los ojos brillantes y profundos, como galaxias enteras. También las patas embarradas y la clara intención de saltarme encima a saludar. Afortunadamente, alcanzo a espantarlo con un contundente «¡Fuuui!», y el perrito se queda mirándome como a un animal sumamente extraño. Por lo visto, la madrugada para él no es más que un juego, en el que busca abalanzarse sobre mi ropa limpia. De hecho, cada vez que vuelve a intentarlo, no tengo más remedio que seguir gritando como un loco en el interior de un sueño. «¡Fuuui! ¡Ucha! ¡Fuuui! ¡Fuuui! ¡Ucha! ¡Fuuui! ¡Fuuui! ¡Ucha! ¡Fuuui!»

Como si el perrito anduviera atrapado en el mismo abanico de repetición, su entendimiento vuelve a durar apenas segundos. Alcanza a quedarse quieto, me mira algo extrañado y pretende volver a la carga con sus patas embarradas, como si nada más importara en este mundo. Como es obvio, me lleno otra vez de gritos, hasta que de pronto, en medio de dos sílabas desbocadas, descubro un palo en el suelo y se me ocurre agitarlo en cualquier dirección. Luego lo arrojo hacia la quebrada y veo al perrito salir disparado y perderse en la oscuridad del maizal. Unos segundos más tarde, el perrito está de regreso con las patas aún más embarradas. Lleva el palo en la boca y, mediante bruscos movimientos de cabeza, juega a no querérmelo entregar.

Tras varios intentos, logro quitarle el palo. El perro se queda observándome y mueve la cola, y aprovecho para tomarme el último sorbo de tinto. Mientras tanto, con el otro brazo, amago en varias direcciones, hasta que vuelvo a arrojar el palo con más fuerza que antes y el perrito desaparece en la oscuridad que conduce al puente de tablas.

Como era de esperarse, el perrito no tarda en volver y juega de nuevo a mover la cabeza y a no querer entregarme el palo. Me dedico entonces a forcejear con él, hasta que la madera se quiebra y el perrito hace todo lo posible por tirárseme encima.

Sobra decir que esa misma operación sucede muchas veces. El presente suele resultar agobiante, y sería aburrido zambullirse en la minucia de sus detalles. Al final de cuentas, cualquiera puede adivinar que, en lugar de irme para el trabajo, me dedico a conseguir palos cada vez más gruesos y resistentes que, por algún motivo conjetural, el perrito siempre se encarga de romper.

En algún instante, observo la primera claridad en el cielo, como si el nuevo día acabara de desprenderse de la noche de una manera súbita. Las imágenes del bus que supuestamente me llevaría al trabajo alcanzan a surcar mi mente. Solo que, al mismo tiempo, por algún motivo discontinuo y enredado, me cuesta seguir el hilo de mis propios pensamientos, que se alejan o se disuelven a gran velocidad.

Durante un segundo inalcanzable, tengo la loca sensación de que todo este asunto del perrito también ha sucedido con anterioridad. Y aunque no logro precisarlo muy bien, termino absorbido por las lagunas de la memoria. Confundido hasta el tuétano.

Para remediarlo, trato de enfocarme en los tiempos del cielo. Sin embargo, no demoro en notar que la tintura de ese mismo cielo permanece suspendida en un instante grisáceo, teñido apenas por media gota de azul. No llegan tampoco los pájaros ni el canto de los pájaros. La mañana, sin saber por qué, no muestra el menor afán de concretarse y, por el contrario, parece funcionar bajo el aspecto inexpresable de un embrujo. Ni siquiera hay viento.

En medio de esa geometría estática, el palo, el perrito y yo somos lo único que se mueve. El perrito sigue insistiendo con el juego de lanzar y correr. Y yo también, como si no tuviera más opción que ir consiguiendo palos cada vez más gruesos, que no dejo de arrojar hacia zanjas y barrancos imposibles.

El perrito, entretanto, no deja de volver para seguir con el juego. Solo que, de pronto, en uno de sus ágiles movimientos, creo notar que algo muy raro está sucediendo. No sabría explicarlo bien. Podría decir, tal vez, que el perrito y yo y todo nuestro juego no somos otra cosa que la última posibilidad que le resta por agotar al universo. Y aunque me burlo enseguida de semejante idea, sigo arrojando palos en direcciones cada vez más estrambóticas.

Tras muchos palos de aspecto genérico, encuentro uno de guayabo que sería perfecto para hacer un bastón, incluso un zurriago. Y no solo eso. Cuando estoy a punto de lanzarlo, descubro que el palo tiene mejor resolución que los demás objetos del entorno. A su lado, el perrito y yo no somos más que formas difusas, de apariencia extenuada.

Entre lanzamiento y lanzamiento, se me ocurre pensar que este preciso instante no es otra cosa que la atadura de un bucle temporal. Un tremendo ciclo de olvidos, donde la realidad (o la ilusión), tras miles de millones de años concretándose con naturalidad, parece ahora atascada. Su engranaje, tan fluido y misterioso, ha comenzado a fallar.

Tratando de evadir tanta conclusión disparatada, arrojo el palo de guayabo con una parábola más pronunciada de lo usual. Ni siquiera lo pienso. Solo sucede y el palo no tiene más remedio que elevarse contra un cielo sin luces ni estrellas que, de manera terca, sigue suspendido entre el día y la noche. Al mirar el palo con cierto detenimiento, resulta evidente que se desplaza por el aire en una especie de cámara lenta, que no deja de enseñar sus distintos ángulos con una precisión inaudita.

En medio de tanta anomalía simultánea, el palo continúa su parábola, volviéndola tan lenta y predecible que el perro consigue llegar con antelación al punto de destino. Del cielo, mientras tanto, han comenzado a desprenderse todo tipo de partículas plúmbeas, que flotan a nuestro alrededor. Para completar, algo en el firmamento lejano parece desmoronarse y las distintas turbulencias terminan por jugarle una mala pasada al perrito. Porque, claro, gracias a la lentitud generalizada, sé con toda certeza que el perrito tiene la visión confusa y que el palo de guayabo impactará de lleno contra su cabeza. La realidad no se equivoca. Es lo único que se me ocurre pensar.

Sin caer en pesados análisis acerca de mis propios pensamientos, me limito a contemplar el instante del impacto, como si estuviera frente a un evento cataclísmico que no se repetirá jamás. Una colisión inevitable que, por motivos que no vienen al caso, sucede de un instante a otro, cuando el cráneo del perrito se quiebra, en medio de un sonido seco e indolente. Un sonido que, a pesar de todo, resuena por la inmensidad, como la novedosa grieta de un universo entero. Entre un parpadeo y el siguiente, el perro yace en la manga, sin reacción alguna.

En medio de tanta sensación ralentizada, lo que más me sorprende es el ruido de fondo que sigue reverberando en el paisaje, como el aullido definitivo de un mundo extinto. O también: como si una dimensión oscura acabara de asomarse tras el telón aparente del cielo y un mecanismo secreto comenzara a resquebrajarse.

A pesar de que nada parece moverse, ni la quebrada, ni las hojas, ni las nubes, ni las estrellas, mi cuerpo consigue responder sin mayor dificultad a las órdenes habituales de desplazamiento. Logro acercarme entonces al perrito y, tras comprobar que está muerto, tomo una pala que hay recostada contra un níspero y empiezo a cavar un hoyo con intención de enterrar al animal.

Mientras cavo, las partículas plúmbeas tiñen por completo el paisaje y, por más que alcanzo a sentirme en un planeta lejano, procuro no darle mayor relevancia al aspecto de las cosas y me concentro en ir sacando paladas de tierra, sorprendido por lo poco que me rinde el trabajo. La profundidad del hueco no ha variado mucho que digamos y, para completar, me siento tan cansado como si hubiera cavado tumbas a lo largo de varias generaciones.

Finalmente, clavo la pala en el suelo y me siento a descansar. A lo lejos, las montañas permanecen oscuras como sombras imposibles de un planeta sin sol. Mis sensaciones parecen también algo apagadas, aunque es difícil asegurarlo. Después de todo, son ellas mismas las encargadas de notar el asunto.

Sin mucho más por hacer, me decido a contemplar el modo en que mi propia contemplación se va diluyendo, mientras el universo parece adormecerse al unísono conmigo, en el agotamiento definitivo de los llamados instantes.

Poco después, ya ni siquiera estoy yo. O eso que, de manera obtusa y facilista, solía llamar yo, y que en realidad (o en vaciedad) no era otra cosa que una micronésima fracción del mundo. Un amago temporal, con ínfulas permanentes de independencia.

Ahora, por el contrario, y así no quede nadie para contarlo, van desapareciendo los trazos habituales del paisaje y emergen muy lentamente las filigranas invisibles que unían las cortinas de aire y vacío. Como si al fin, tras una última función, la arquitectura secreta de la realidad se manifestara sin temor a romper el frágil encanto de los seres y las cosas.

Incontables hilos infinitesimales brotan de un largo sueño de hibernación. Alcanzan a titilar mínimamente definidos y luego comienzan a destemplarse, como amarras cansadas de sujetar las antiguas estructuras del mundo. Ya no hay necesidad de apariencias, ni de campos, ni de fenómenos, ni de fuerzas. Mucho menos de parpadeos insignificantes. A partir de ahí, las amarras simplemente se destemplan y se volatilizan en magníficos aserrines de la nada que, a su vez, se volatilizan en polvos aún más imperceptibles, que terminan absorbidos en su propia disolución. Después de eso, el paisaje final se termina desperezando en la homogeneidad más absoluta.

En realidad (o en ausencia), nadie sabe qué sucede después. Solo sé que, en un momento cualquiera, un rayo de sol evanescente me trae de regreso y me acuerdo enseguida de la vida y de mí mismo y del mundo y de cómo los instantes sucedían con suma precisión, acogiéndome sin falta en su cálido ensueño.

Mientras el rayo termina de esfumarse para darle paso al siguiente, alcanzo a moverme y a jugar de nuevo con el perrito, sin extrañarme demasiado ante la inusual posibilidad de volver a disfrutar de ese instante. Simplemente me parece espléndido. Y fantástico. Y me dedico a exprimirlo feliz, arrojando palos ante la mirada extasiada del perrito. También me deslumbro con el cielo gris y no dejo de celebrar esa media gota de azul que permanece suspendida en el improbable límite de los instantes.

Al escuchar el crujir del palo bajo la mordida del perro, mis recuerdos viajan un poco más allá, al momento en que el mismo perrito apareció con las patas embarradas y yo andaba sirviéndome un pocillo de tinto, entre un lamento impreciso que ya no logro concebir. Lo demás es misterio.

Como era de esperarse, esa intuición no dura más allá de un pestañeo. Mientras tanto, el perrito y yo seguimos jugando, y los distintos palos no tienen más opción que elevarse y garabatear el cielo en ondulaciones cada vez más lentas. Solo que, ay, luego aparece esa premonición infalible y ese aullido de fondo y el perrito se desvanece en el suelo y yo alcanzo a recordar ese preciso instante con suma claridad, como si acabara de suceder dos veces seguidas, sin ningún tipo de interferencia. Luego me veo a mí mismo cavando la tierra con una pala que hay recostada en un níspero, hasta que me siento a descansar sin que el trabajo me haya rendido. A continuación, mis sentidos dan la impresión de apagarse con el mundo.

Cuando ya no estoy, sin embargo, el universo se desenhebra como un collar sin hilo y sus gemas diminutas se convierten en fracciones indisolubles que, aun así, consiguen desintegrarse en improbables semi-nadas todavía más pequeñas, que al final terminan consumidas en sí mismas, como serpientes capaces de engullir su propio cuerpo hasta las últimas consecuencias.

Tras el vacío indescriptible de un mundo sin mundo, las ínfimas semi-nadas que se engulleron a sí mismas terminan por indigestarse y vomitan de un solo tajo un último espasmo de universo. De pronto, bajo un viejo rayo de sol, alcanzo de nuevo a recordar la vida y ese lindo mundo que tantas veces me arropó en el más lindo de los deseos concedidos. Ahora, por lo visto, no quedan más que remanentes. Los últimos reflejos poderosísimos de un impulso vital. De una corriente fantástica que seguirá su curso de mil maneras imposibles.

Mientras amago con tirar el palo, el perrito anda moviendo la cola bajo un urapán inmenso. Después me acerco a él y lo animo a que me salte encima. También consigo abrazarlo y aunque trato de revolcarme con él por el suelo, él se las arregla para soltarse enseguida y, con expresión optimista, busca que le arroje el palo de vuelta. Alcanzo a observar un hilo de baba que le cuelga del hocico y arrojo el palo con todas mis fuerzas, en dirección a la cascada.

El perrito no tarda en salir disparado hacia la oscuridad. Yo simplemente me quedo ahí y siento de golpe caer unas gotas de lluvia. Escucho también el estridente canto de una guacharaca y hago una fuerza inconcebible por dentro para quedarme adherido a ese instante. Luego pasa volando un carpintero y el perrito no tarda en venir, todo emparamado. Coloca el palo en el suelo y, mirándome, se dedica a ladrar.