Llevaba un año y medio en Buenos Aires cuando Eduardo me llamó de Australia para que hiciéramos un guion. La verdad, no sé muy bien cómo se le ocurrió. Solo recuerdo que habló de unos productores que había conocido, de la plata que podíamos hacer y hasta de triunfar en Hollywood.
Hasta ese día yo no había escrito nada en serio. No me había acercado a la narrativa ni mucho menos a los guiones. Eduardo en cambio sí. Había trabajado en una novela que terminó en manos de unos ladrones tailandeses con los que desapareció para siempre… El caso es que por algún motivo pensó en mí para hacer el guion. Yo le respondí que claro, que me parecía muy bacano, pero que no tenía ni computador ni plata para comprar uno.
Ante ese panorama, cualquiera me habría descartado de entrada. Eduardo, sin embargo, es de esos amigos que se sueña cualquiera. Solo dijo que no había problema, salió a comprar un computador y me lo envió por correo.
Yo salí por tierra para Argentina en 2006, con la intención de escribir. No conocía a nadie por esas tierras ni tenía mayores referencias del país. Me gustaban Maradona, Caniggia, Gardel, Goyeneche, Borges, Puig, V8, Hermética… Y sabía dos cosas importantes. No pedían visa para ingresar y la vida seguía siendo barata, debido a la crisis de 2001.
Medellín en cambio parecía agotado para mí. Llevaba rato pensando en irme. Las puertas se veían cada vez más cerradas y, entre no haber terminado la universidad y mi falta de imaginación, el asunto de conseguir trabajo se había complicado hasta extremos absurdos. Además, a la hora de escribir, que era lo que supuestamente quería, andaba poseído por el aplazamiento más radical. Algo rugoso, seco, incontrolable me paralizaba por dentro y no parecía tener fin. Tanto así que después de año y medio en Buenos Aires la mano no venía muy distinta. Había trabajado todo el tiempo de mesero y ahorré para comprar un computador, pero al final, en vez de hacerlo, me fui para Brasil, me gasté toda la plata y volví a Buenos Aires a empezar de cero.
No sabía muy bien por qué, pero llevaba años saboteándome a mí mismo. Como si la vida fuera solo un juego y no tuviera que tomármela medio en serio.
El impulso de escribir, como cualquier impulso, es algo misterioso, que no requiere explicación. Uno está por ahí un día cualquiera y de pronto siente la necesidad de hacerlo. Es difícil incluso de rastrear en el tiempo. De todas formas, no creo que el orden temporal sea lo importante. Lo importante es que el impulso está ahí, y hay que tratar de aprovecharlo.
En mi caso, uno de los primeros impulsos de escritura que recuerdo fue a los trece años. Había una chica que me gustaba y, por una mala coincidencia del destino, creí que había salido con un amigo mío. Fue lo peor del mundo, y si hubiera tenido que hablar con ella, no habría sido capaz de decir nada. Solo que, en vez de hablar, sin saber ni cómo ni por qué, me puse a escribir durante buena parte de la noche hasta entregar al día siguiente una carta llena de reclamos y sensaciones que a ella increíblemente parecieron gustarle.
Así escribí durante un tiempo. A punta de impulsos. Cartas, prosas cortas, versos, sensaciones de momento, que se convirtieron en un hábito intermitente del que nunca esperé nada. Aunque no sé bien cómo definir esos escritos, si tuviera que hacerlo, serían algo así como supuestamente poéticos. Líneas sublimes, atmosféricas, musicales, que luego quedaban a la deriva. Perdidas por ahí. Sin corregir. Como ideas fugaces que se apagan.
Días antes de la llamada desde Australia, el restaurante de Palermo donde yo trabajaba había cerrado. Afortunadamente, me dejó dinero suficiente para pagar la pensión donde vivía y pasar tranquilo el invierno. Más allá de eso, no sabía qué hacer. En ese sentido, mi vida era algo rara, absurda. Llevaba años imaginando historias para escribir, pero nunca lo hacía, al extremo de no haber empezado una sola línea. Fue entonces cuando llegó el computador, destinado para un guion del que nunca se volvió a hablar, y por fin me atreví a contar una historia.
Empecé así no más, a llenar líneas en la pantalla, con una idea sumamente etérea, como el esbozo de un recuerdo que no se llega a concretar.
En el fondo, todo aplazamiento mantiene una estrecha relación con los miedos. En especial con el miedo a estrellarse con la realidad. Por lo general, cualquiera empieza a aplazar las cosas, muy campante, como si no tuviera nada que ver consigo mismo. Solo que después, al pasar un punto, es fácil descubrir que algo se ha salido de las manos y, una vez que andamos sumidos en esa lógica, la inacción puede disfrazarse de pereza, de parranda, de lo que sea, pero sin perder su inmanente vínculo con el miedo.
El caso es que empecé a escribir y vi morir al fin a ese monstruo terrible del aplazamiento y avancé feliz entre las primeras hojas para adentrarme en un paisaje completamente nuevo.
Como era de esperarse, no tenía idea de lo que hacía. De todas formas, sí sabía una cosa. No quería que mi historia se perdiera entre las ramas. No quería llenar líneas solo por llenarlas. Esperaba avanzar con buen criterio y sinceridad. Sin quemar tiempo, como se dice en el fútbol. Y traté de hacerlo. Hasta que me topé con el obstáculo más obvio de todos. Los párrafos no me salían o, en el mejor de los casos, parecían puro relleno.
¿Cómo hacía la gente que escribía bien para llenar libros enteros con palabras necesarias de verdad?
En Argentina, entre mis constantes amagos de escritura, había leído sobre la forma en que escribían los escritores famosos, en las entrevistas del Paris Review que encontré en la Biblioteca Nacional. Sabía entonces que algunas historias habían fluido como un torrente que encuentra de manera espontánea su lugar en la página, mientras que otras habían surgido de una rutina enloquecedora que nada tenía que ver con la tal inspiración. Aun así, al enfrentarme con una dificultad tan obvia como no poder avanzar en la extensión, llegué a pensar que yo no servía para eso. Pero uno piensa muchas cosas, claro, y afortunadamente seguí.
A pesar de las complicaciones, también era consciente de que no me estaba pasando nada nuevo. Cada quien tiene sus dificultades y siempre se trata de ver cómo resolverlas. De modo que seguí con esa historia sin rumbo, ingenua y, por qué no decirlo, recontramala, que consistía básicamente en alguien que andaba por las calles de Medellín sin nada para hacer, hasta que comenzaban a sucederle cosas (cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia).
En definitiva, escribía lo que se me iba ocurriendo y sin mayor imaginación, pero sin que existiera un motor fundamental o, por lo menos, algo que hiciera avanzar la historia, que le diera fuerza, corazón. Y es que no sé muy bien como decirlo. En cierto modo, las cosas solo pasaban. Y ya… Al son de las maracas, como se dice por ahí. Con todo y eso, el ejercicio era enriquecedor y tuve la bella sensación de poder extenderme por primera vez sobre las páginas sin necesidad de quemar tiempo. Eso me gustó.
Unas semanas más tarde, me detuve sorprendido ante la cantidad de páginas que llevaba y empecé a corregirlas. Fui quitando basura, arreglando frases, tratando de darle vida al relato. Lo increíble era que en cualquier parte del texto que retomara, la escritura resultaba tan ajena como si hubiera salido de otra persona. Y no de una persona cualquiera, sino de alguien torpe, estúpido. Alguien que no tenía la menor idea de cómo hilvanar palabras. Ni sentido común. Ni ritmo. Ni el más mínimo encanto.
Infortunadamente, ese alguien era yo, y no era fácil admitirlo. Para completar, sentía que mis antecedentes sublimes, atmosféricos y musicales de años atrás no hacían más que perjudicarme y debía deshacerme a toda costa de ellos.
Día y noche escribí durante el invierno y parte de la primavera en ese cuarto de Bolívar y Juan de Garay, no muy lejos de donde tiene lugar el Aleph. Algo que yo mismo veía como una paradoja. Mi vida, en ese momento, era justamente lo contrario a la idea (algo ridícula) de un todo observable ubicado en un mismo punto. Y era cierto. Aunque esa vida mía era también algo ridícula, solo sabía manifestarse de forma dispersa, casi tendiendo a la nada.
Aun así, continué llenando páginas. Corrigiéndolas. Haciendo todo tipo de cambios. Introduciendo nuevos elementos. Soñando con el criterio perfecto. Estrellándome. Aprendiendo. Buscando algo que pareciera de verdad.
Julián, un amigo de toda la vida, llegó en septiembre a Buenos Aires con su hermano Santiago. Ambos iban de vacaciones, pero Santiago consiguió trabajo en un cultivo de arándanos en Entre Ríos y prefirió quedarse. Alcanzamos a tomar cerveza varios fines de semana por las calles de San Telmo, hasta que en diciembre me habló de una entrevista que tenía en Córdoba y decidí acompañarlo. Fuimos en tren hasta la ciudad capital y luego estuvimos en la Quebrada del Condorito, donde los cóndores les enseñan a volar a sus hijos. Por último, visitamos Mina Clavero, donde conocimos a Manuel, un español con el que planeamos un viaje a Tierra del Fuego.
Al llegar enero, los tres bajamos echando dedo por la costa hasta cruzar en el tren Patagónico los casi mil kilómetros que separan Viedma de Bariloche. Anduvimos dos meses acampando, prendiendo fuego y cocinando en olla de aluminio hasta llegar a Ushuaia, donde Manuel rebotó enseguida para Buenos Aires, mientras Santiago y yo nos dedicamos a vender fotografías por ahí. Con eso pagamos el camping, la comida y el vino, hasta que Santiago regresó a Buenos Aires y yo me quedé con Mónica y Diego, unos vecinos colombianos del camping.
En realidad, yo había pensado buscar trabajo en Ushuaia y quedarme a vivir una temporada. Tanto así que había llevado el computador, con el objetivo de no abandonar el escrito. Sin embargo, muy pronto decidí que solo me quedaría a conocer y me dediqué a andar con la gente del camping. Acampamos con los zorros y las liebres en el parque Lapataia y después me fui para Tolhuin, donde a un amigo argentino, apodado Nacho, le habían prestado una casa sin luz, cerca del Lago Fagnano, en la que obviamente no escribí nada.
Y debo decirlo. En realidad, no entiendo muy bien qué sucedió. Solo sé que en medio de esos paisajes que pintan de verde el final de un desierto inmenso, me fui desanimando con una historia que no llegué ni a tocar. Luego llegó abril y el frío se volvió insoportable y regresé a Buenos Aires, echando dedo y acampando en los peajes, para encontrarme con Daniel, otro amigo de Colombia que acababa de aterrizar. Pagamos juntos un hotel residencial en la plaza de Congreso y, una vez ahí, después de varias noches de intentos forzados, tuve que aceptarlo. Lo que estaba escribiendo no iba para ningún lado. Por algún motivo que escapaba a mi comprensión, la historia había nacido sin vida y su papel solo sería el de un valioso ejercicio de extensión.
Y así, al igual que en muchos de mis proyectos anteriores, las cosas se fueron durmiendo hasta quedar inconclusas.
…
Amigas y amigos, este es el primero de varios textos que publicaré para ir ambientando la esmerada reedición de Sueño blanco que saldrá con Yarumo Libros en septiembre para la Fiesta del libro de Medellín. Ahí les iré contando…