Entre los millones de postes con anuncios, un día pasé junto a uno que prometía recuperar al ser amado y se me ocurrió que podía ser una buena idea para un cuento. No necesariamente con lo del ser amado, pero sí a partir de un personaje que por hacerle caso al anuncio de un poste termina metido en un rollo bien loco.
Sucede que durante mucho tiempo no escribí mayor cosa y lo que hacía, en cambio, era imaginar toda clase de posibles historias y de sucesos alternativos. Lo digo porque no suelo obsesionarme con las cosas que se me ocurren para luego ir a escribirlas. Más bien al contrario. Las imagino, las olvido y ya está. Cada quien sigue su rumbo y muy de vez en cuando nos volvemos a encontrar en el terreno de la escritura.
Pero sucedieron dos cosas. No solo hay millones de anuncios en los postes de este mundo, sino que el poste que detonó la idea inicial queda junto al puente por el que llego caminando al pueblo y resulta casi imposible no verlo. En consecuencia, la idea no hizo más que insistir varias veces por semana, siempre con expresión ocurrente y sin recordar una sola de sus apariciones anteriores.
De modo que un día me puse en la labor de escribir el cuento, mediante el viejo y conocido método de resolver preguntas. ¿Qué clase de anuncio era? ¿Qué tipo de cosa loca pasaba? ¿A quién le sucedía todo eso?
El resultado fue bastante malo. Y si bien el cuento fluyó casi de un tirón, una vez pasado el optimismo inicial, supe que no había resuelto las famosas preguntas de manera satisfactoria. Y no es de extrañar. Después de todo, nunca me ha gustado escribir a partir de una idea. Por lo general me aburre y termino sintiéndome un farsante burocrático que trata de seguir los pasos de un manual de textos prefabricados.
La escritura, sin embargo, suele llevar por caminos misteriosos y lo que terminó gustándome fue la voz del personaje, capaz de dramatizar y también de ser divertido. Algo exagerado, algo esperpéntico, algo cambiante y, como cosa rara, algo desnortado.
De modo que abandoné el cuento y me dio por cambiar de contexto y no depender ya de ningún poste. A partir de ahí, el personaje sin nombre anduvo echando dedo por la Medellín-Bogotá, yendo al Santuario a encontrarse con un amigo que nunca apareció, trepándose por la jaula de un camión en pleno aguacero y luego, por azares irreproducibles, metido en una balacera en Medellín, por el simple hecho de haber recorrido calles y calles sin poder decidir qué comer, a pesar de haber salido de la casa con ese único objetivo.
Pronto descubrí también que era víctima de un noviazgo tormentoso y, siguiendo por ese mismo derrotero, me adentré en una de esas situaciones que pueden resultar sumamente divertidas al momento de leer o escribir, pero que en la vida real son más bien horribles. En este caso, la suerte del personaje cambiaba para mal. Tanto así que luego había otra balacera y luego otra. Al punto de que el escrito pasó a llamarse Balaceras y, contrario a lo que podría esperarse, no tenía mucho que ver con la vida real.
Pero no sé. Mi energía de escritura suele ser bastante limitada y, a pesar de los avances, una mañana lluviosa me dije:
—¿Otra vez una historia tan larga? Qué aburrición. No quiero estar dos o tres años pendiente de lo mismo.
Luego me sumergí en el silencio interno del primer café y finalmente añadí:
—Qué pereza terminar escribiendo novelas en serie, de manera casi automática.
En fin. Ese tipo de cosas locas que piensa uno todo el tiempo, tratando de maquillar las circunstancias, cuando lo cierto era que andaba atascado en un punto del escrito. Me había llenado primero de dudas sencillas y luego de dudas complejas, que pronto se transformaron en dudas autodestructivas.
En algún momento, entonces, se me ocurrió escribir al respecto. Una especie de terapia, en la que un yo mismo bastante confundido jugaba a contarle las cosas a otro yo mismo más ecuánime que se encargaría supuestamente de aclarar un poco la confusión.
Solo que en realidad no lo hice. En vez de eso, me dio por repasar la lista de películas que he venido proyectando los viernes durante años en La Inmaterial, con la intención de escribir al respecto. Algo así como hacer una lista de películas más o menos actuales que abarquen toda clase de latitudes y que yo mismo presentaré de nuevo como si estuviera a punto de proyectarlas entre las páginas de un libro.
Más que referirme al cine como si se tratara de un triste campo cerrado de interpretación, espero adentrarme en una visión más amplia de las cosas. Escritos que hablen de la vida en sí, del arte en general, de los distintos modos de contar historias y de la infinidad de temas que aparecen en pantalla.
Todo eso irá intercalado con relatos comunes y silvestres de la vida actual. Andaré por el camino destapado que conduce al pueblo pensando en lo que voy a hablar antes de la película. En ocasiones habré peleado con Catalina y alguien me arrimará en moto, otras en carro y me iré observando la variación de los cielos como si fueran proyecciones de infinita complejidad. A veces cogeré el bus de la vereda y me iré conversando con los vecinos. Alguna tarde me cogerá también la noche y tendré que salir en medio de la lluvia, de mucho paraguas y botas pantaneras.
Entre viernes y viernes, la vida se las arreglará para mantener su aparente inercia, irrumpiendo de vez en cuando con sus acostumbradas grietas. Mientras tanto, los ciclos y las películas serán un telón de fondo, un calendario infalible, donde los acontecimientos no tienen más remedio que terminar adheridos como polvo.
Al final, sin embargo, los escritos peliculeros no pasaron de ser un sueño lúcido en el que no escribí ni media palabra. En vez de eso, preferí retomar otros cuentos que tenía abandonados hace rato, con la idea de ir juntando una supuesta colección que volví a dejar tirada unas semanas más tarde.
Más o menos así ha transcurrido mi vida por escrito de los últimos tiempos. Una vida imprevisible, retrechera, paradójica, en la que puedo sentirme todo lo perdido que quiera y, aun así, encontrarme de golpe frente a tres proyectos distintos, por los que no siento obligación alguna.
Lo único seguro, por ahora, es la película que pienso proyectar el viernes: The Turin Horse, de Béla Tarr y Ágnes Hranitzky. Y el ciclo que viene: Directoras. Inicia con La luz que imaginamos, de la india Payal Kapadia. Luego siguen la italiana Alice Rohrwacher, la brasilera Petra Costa y la francesa Julia Ducournau.
Pero me estoy adelantando. Ni siquiera he montado la programación en Canva.
Por lo general, además, escribo alguna bobadita al respecto.