Destecladamente

Miguel Botero

Hace dos años me pasó exactamente lo mismo con el portátil. Empezaron fallando ciertas combinaciones de shift y control y alt y mayúsculas, pero casi ni las usaba y no le paré muchas bolas al asunto.

Varias semanas después, comenzaron a molestar algunas letras de la parte central. Nunca las más usadas y solo de manera esporádica. Como si una mota de polvo se hubiera atascado en el contacto y solo fuera cuestión de zarandear el computador para que las cosas volvieran a la normalidad.

Luego el problema pareció detenerse por unos días y me olvidé por completo del tema. Lo que no impidió que los daños siguieran escalando en silencio y que, de un momento a otro, las mismas teclas comenzaran a fallar con mayor insistencia convirtiendo la escritura en algo supremamente difícil. Interrumpido. Desesperado. Como cuando uno quiere gritar en un sueño y solo le sale un balbuceo ahogado.

Para entonces, el teclado parecía burlarse de mí. Solía empezar dócil en la mañana y, de repente, cuando yo lograba por fin entrar en materia: zas… Me tiraba el primer zarpazo, con una de las letras menos usadas, para luego empezar a terapiarme mediante combinaciones cada vez más complejas, que hacían de la escritura algo en verdad imposible. Indeseable.

En ese tiempo yo andaba escribiendo Piragua y vivía en Santa Elena, unos mil metros más arriba de Medellín. Prefería moverme lo menos posible entre semana y solía albergar la esperanza de que el teclado amaneciera mejor al día siguiente para no tener que bajar a la ciudad en busca de un servicio técnico.

Por motivos inexplicables, era una buena táctica. No era sino pensar en un posible viaje a Medellín para que las teclas volvieran a funcionar con normalidad y siguieran así durante varios días, en actitud de mascotas regañadas.

Con la llegada de las lluvias, todo cambió. Las fallas se extendieron hacia algunas letras de los extremos como la R, la S, la A y la E que, por cierto, a punta de tanto de y que y en y el y me y te y se y las numerosas conjugaciones en pasado termina posicionada como la más frecuente de los textos en español, a pesar de que la A se encuentra presente en muchas más palabras.

A propósito del tema, recordé de golpe que existen al menos dos libros que no usan la letra E en ninguna de sus páginas y el simple hecho de pensar en autores tan ociosos consiguió aliviarme por un momento. Luego volví a enfrentarme con la realidad y me quedé un rato medio hipnotizado frente al teclado para descubrir por enésima vez una de esas cosas obvias que a uno se le olvidan. Es decir: que varias de las letras más comunes en español se encuentran en los extremos del teclado y que, debido a esa extraña ubicación, al momento de escribir, las manos y los dedos y los brazos y los ojos y hasta los hombros y la espalda se terminan moviendo mucho más de lo necesario.

En realidad, ese hecho irrefutable nunca me había parecido tan absurdo. De modo que en lugar de seguir peleando con el teclado me puse a investigar el origen de ese disparate.

Resulta que las teclas de las primeras máquinas de escribir estaban dispuestas en orden alfabético. Y claro, por más natural que nos parezca, no deja de ser un orden aleatorio, sin relación alguna con la frecuencia de uso de cada letra. Aun así, los usuarios de esas primeras máquinas consiguieron escribir a mil por hora. Con tan mala fortuna que la velocidad de retorno de los tipos no resultó ser lo suficientemente veloz y los unos siempre terminaban enredados con los otros. Un inconveniente bien embarazoso, que los fabricantes lograron solucionar muy pronto, separando al máximo las letras más utilizadas en inglés y ubicando algunas en posiciones de difícil acceso.

Como era de esperarse, a nadie le gustó. Hubo todo tipo de quejas y protestas, que los fabricantes tampoco tardaron en solucionar recurriendo a falsas bases científicas que no vienen al caso y que casi todo el mundo dio por ciertas. Así que, en resumidas cuentas, el teclado más usado en la actualidad está pensado para que el acto de escribir sea lo más complicado y lento posible. Y encima en inglés.

La historia del teclado me pareció bastante curiosa y todo lo que se quiera, pero no me sirvió de nada. Al contrario. Cuando traté de escribir nuevamente, las letras más usadas del español redoblaron su apuesta y su funcionamiento se tornó aún más desconcertante, como si titilaran bajo el hechizo de un demonio electrónico o de algún virus informático diseñado para enloquecerme.

A veces, incluso, el juego macabro resultaba tan evidente que yo terminaba riendo como un loco en un balcón helado, mientras el radar del aeropuerto giraba sobre la montaña vecina.

Durante un par de semanas, todo siguió más o menos igual. Las teclas jugaban, parpadeaban, agonizaban, morían, resucitaban, volvían a la normalidad y, mientras tanto, la lluvia no dejaba de caer a cántaros. Tanto así que terminó por llevarse un pedazo de barranco en la curva más empinada de los rieles del camino y, a partir de entonces, el paso de los carros quedó cerrado por completo. Se formaron lodazales, el agua arrastró piedras de todos las formas y tamaños y solo fue posible transitar con botas pantaneras durante las pocas horas en que mermaban los arroyos.

En medio de esa especie de encierro, mis ideas se fueron haciendo abstractas, casi ajenas, como si volaran en insólito tránsito hacia los sueños. Por momentos, llegué a verme a mí mismo repitiendo, una y otra vez, ciertas palabras conocidas hasta que sonaran absurdas, preguntándome, además, si en lugar de ser como eran, no quedarían mejor con una o dos letras de menos.

Una mañana helada, cuando las lluvias todavía no pensaban en calmarse, a la barra espaciadora también le dio por fallar y algunas palabras se volvieron tan largas e impronunciables, como si se tratara de un trabalenguas definitivo.

Para no enfrentarme a las piedras que arrastraban los arroyos, no tuve más remedio que tomar la costumbre de devolverme cada dos o tres renglones a separar palabra por palabra, sin dejar de pegarle cada vez más duro a la barra espaciadora, con la intención de dañarla del todo. Pero claro. Una vez más, solo era cuestión de pensarlo para que el teclado volviera a ser obediente y se aventurara a regalarme un par de días de escritura fluida, agradecida y feliz.

Y bueno. Finalmente llegó el día en que varias teclas sacaron la mano por completo y tuve que bajar a Medellín. Pero eso no es lo importante. Además, estaba diciendo que hoy justamente me pasó lo mismo. Y después de haber peleado con las teclas durante dos o tres semanas de lluvias y caminos embarrados, la E, la A y la M sacaron la mano para siempre. Esta vez, la diferencia es que ando más lejos, en un pueblo de Michoacán llamado Erongarícuaro, y el servicio técnico más cercano queda en Pátzcuaro. Hay que bordear un lago, como quien dice. Y pasar por un montón de pueblos. En esta ocasión, afortunadamente, no tengo ningún afán. Es más: de tanto joder con el teclado ese, lo último que se me ocurre es ponerme a escribir.

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