Sensación

Miguel Botero
Un día me quedé sin trabajo.
Vivía en un hotel residencial
en la plaza del Congreso de Buenos Aires
y decidí gastar mis escasos ahorros
en tiempo para escribir.

En realidad, era la primera vez
que se me ocurría algo semejante.
O bueno,
de pronto sí se me había ocurrido,
pero no estuve ni cerca de llevarlo a cabo.
De modo que empecé.

Ahora que lo pienso,
todo tiene cierta lógica.
En especial,
porque no fue que buscara escribir en abstracto,
así no más,
sino que una sensación medio temblorosa,
medio apagada,
medio no-sé-qué
venía creciendo.
Algo que de manera misteriosa
me empujaba a escribir.

Como toda sensación,
resulta imposible de explicar.
Y para aproximarse
no queda más que recurrir a esfuerzos indirectos.

Por ejemplo:
cuando uno leyó un libro hace tiempo
y ya no recuerda la trama ni la forma
ni nada por el estilo,
pero conserva una sensación general
que mucho se parece a los remanentes de un sueño.

Pues bien:
era más o menos así.
Como si yo mismo recordara algo
que hubiera escrito en otra vida
y ahora quisiera replicarlo.

Siguiendo con los símiles,
podría decirse también que era algo así
como una balada heavy metal.
El recuerdo latente de una sensación romántica,
cargada de belleza
y con cierta intensidad triste.

Puesto a escribir,
no tardé en develar elementos más aterrizados.  
Un barrio,
un primer amor
y sobre todo,
el contorno mágico de un tiempo
en que suceden muchas cosas por primera vez.

Vaya uno a saber cuál fue el primer renglón.
Lo cierto fue que en algún momento
se me ocurrió
la cosa más aburridora
y trillada de este mundo.

Un adulto sentado en una banca,
sin nada mejor que hacer
que ponerse a recordar a su primera novia,
en esa mentirosa y ordenada forma
que suelen asumir los recuerdos en ciertos libros.

Pero ese tipo de cosas pasan,
y algunos asuntos equivocados
son los que muchas veces nos ayudan a avanzar.
Y por escrito
ni hablar.
Con más razón.
Todo
se puede corregir  
y deshacer,
con tal de esquivar los molestos regueros
que tienden a dejar las consecuencias.

Además,
hablando de empezar,
mucho más fácil hacerlo de manera básica.
Sobre todo,
si es la primera vez que se empieza.
O la segunda.

A lo largo y ancho de las primeras páginas,
el aburrido tipo de la banca
se encargó entonces de recordar.
Así surgieron todo clase de escenas,
que curiosamente se emparentaban
con fragmentos de mi propia vida.

Lo bueno:
con el pasar de los días,
las escenas iban mutando
hasta tornarse ajenas.

Lo malo:
yo mismo cumplía con ciertos requisitos
para equipararme al tipo aburrido.

Para empezar, no tenía mucha plata
y cuando me cansaba de andareguiar la calle,
iba a sentarme en una de las tantas bancas
de la plaza del Congreso.

Para completar,
había que aceptarlo.
Si de convertirme en nostálgico de la juventud se trataba,
ya tenía edad suficiente:
treinta y cuatro.

Pero creo que había algo peor.
El joven que alguna vez fui
odiaba las opiniones que los mayores proferían
acerca de la gente de su edad.

Y claro: lo último que ese novedoso yo buscaba
era valerse de esa nostalgia,
frecuentemente apabullada de los adultos,
para adentrarse en la magia irrepetible de la juventud.

Es más:
incluso la palabra juventud me parecía sospechosa.
De esas que suenan a viejo.
De esas que los jóvenes no suelen pronunciar
porque sencillamente viven en ella.

Podría decirse entonces que esa fue mi primera conclusión.
Narrar los días azules en vivo y en directo,
con cámara al hombro.  
A partir de ahí, la voz se transformó.

Pero me impuse otra condición.
Por más que el narrador se expresara
siempre en pasado,
jamás mencionaría si era joven.
O viejo.

Para mayor veracidad,
el tono debía defenderse por sí solo.
En la medida de lo posible,
cada lector sacaría su propia conclusión.

Amigas y amigos, este es el segundo texto que publico para ir ambientando la esmerada reedición de Sueño blanco que saldrá con Yarumo Libros en septiembre para la Fiesta del libro de Medellín. Espero que les guste y ahí les iré contando…

Tal vez te guste