Durante mucho tiempo, solo escribí páginas sueltas a mano. Recuerdo que una noche me dieron ganas de hacerlo por primera vez y que, a partir de entonces, lo seguí haciendo. Siempre de manera lenta, deteniéndome a cada tanto y sin sobrepasar jamás la extensión de una sola hoja.
Por esos días, adquirí una extraña costumbre que consistía, más que nada, en evitar cualquier tipo de corrección. Y aunque ahora resulta imposible saber lo que mi yo de aquel entonces pensaba, me atrevería a decir que consideraba cualquier tipo de modificación como un acto de falsedad total. A lo mejor por eso, aquel yo prefería guardar sus escritos en un cajón y solo volver a leerlos, pasado cierto tiempo, cuando esos mismos textos le parecían ajenos y se dedicaba, infructuosamente, a buscar un sentido oculto entre sus frases.
Hubo un tiempo aún más delirante (no sé si antes o después) en el que decidí no volver a leer ningún libro, pues consideraba que cualquier influencia podía resultar nociva para mi propia escritura. Si mal no recuerdo, tenía bastante que ver con la esencia que supuestamente yo traía incorporada y que debía preservar a toda costa.
En lo sucesivo, pasé también por épocas en las que escribir significaba, ante todo, no aspirar a escribir y, por ende, no escribir nada en absoluto. Basta decir, sin embargo, que mis convicciones nunca han sido muy estables que digamos y cuando se presentaba la ocasión de escribir cartas o poemas que incrementaran mis posibilidades de conseguir novia, no dudaba ni un segundo en hacerlo.
También es verdad que en algún oscuro momento viví épocas repletas de farsa, en las que me dedicaba a pregonar a los cuatro vientos que yo escribía, cuando en realidad no lo hacía ni por equivocación. Pasado un tiempo, sin embargo, terminé por moverme al extremo opuesto y comencé a escribir con cierta constancia y sin llegar a mencionárselo a nadie.
Entre tanta idea disparatada e indefendible, lo cierto fue que la escritura me llamó la atención desde muy temprano. Solo que durante un largo, largo tiempo, no hice otra cosa que pasarme la vida esquivándola. Y claro. Como no me interesan ni me nacen las explicaciones, no sé ni por qué me llamó la atención, ni por qué busqué hacerle el quite durante años.
En realidad, siempre me ha costado creer en las razones y los motivos que la gente esboza para explicar sus propios actos y comportamientos. En ese sentido, los escritores no son la excepción. Muchos tienen todo tipo de respuestas súper convincentes y se la pasan explicando o tratando de explicar el motivo por el que supuestamente escriben, al mejor estilo de los villanos de los cómics que cargan con una desgracia fundamental a cuestas y se encargan de ir narrándola por ahí con tal de justificar su maldad.
El asunto es que a mí me sucede justo lo contrario. No me interesa andar pensando en por qué escribo, ni mucho menos en para qué. Después de todo, la escritura no representa para mí una simple decisión de antaño o un sueño anhelado que se materializó de golpe, y al que simplemente me entregué como si acabara de convertirme a un nuevo sacramento.
Hay días, por ejemplo, en que me siento a escribir y, sin haber pasado del primer renglón, pierdo el impulso y me desanimo por completo, como si la confianza en mí mismo y en los elementos que me rodean acabara de vaciarse y me sintiera caminar sobre una capa demasiado fina. A punto de romperse.
Los pensamientos, sin embargo, son muchas veces un perverso disfraz de las numerosas excusas que existen para preferir no hacer algo. Vuelvo a comprobarlo una vez más, cuando intento seguir adelante y esos mismos pensamientos procuran disuadirme diciéndome, entre otras cosas que, por más esfuerzo que invierta, mi escritura jamás valdrá la pena.
A continuación, me invade una suerte de nostalgia por los tiempos en que me sentaba a escribir sin pensar jamás en lo que escribía. Y luego, para intentar protegerme del desánimo, regreso a los lugares más cómodos del escrito que lleve en curso. Esas partes más elaboradas en las que solo hace falta corregir y que, por momentos, parecen dar buenas muestras del trabajo logrado. Desafortunadamente, los pensamientos vuelven al acecho y me hacen creer que estoy dando más vueltas de lo necesario en torno a detalles insignificantes.
Y así, mientras trato de acallar mis propios pensamientos, voy avanzando, casi sin saberlo. Ya luego, cuando la mente regresa al silencio, descubro que las palabras pueden ser una simple fachada de algo que surge por dentro.
Hebra y filamento
Cara visible de los canales secretos
En este punto, las líneas del escrito empiezan a suceder al fin. De verdad. Y terminan transformadas en algo íntimo y a la vez ajeno.
Al cabo de un rato, siento que se acaba el silencio y pienso que, a lo mejor, el escrito necesita descansar, tomar un poco de aire. A partir de ahora, esperaré un tiempo antes de volver a leerlo. Para entonces, sentiré sin duda el mismo extrañamiento de esas noches lejanas en que descubría las frases que otro yo había dejado sin corregir sobre una hoja cualquiera.
