Lentitud

Es curioso cómo cambian las cosas. Un día alguien escribe algo sobre un momento reciente y se le puede llamar apunte, por ponerle cualquier nombre. En cambio ese alguien escribe años más tarde sobre ese mismo instante y el tiempo transcurrido lo tiñe todo de quién sabe qué. Lo asienta, como llaman algunos, y se supone de repente que ese instante tiene ya otro valor. Y no digamos mejor o peor ni nada por el estilo. Más bien preguntémonos qué es lo que tanto cambia cuando contamos algo inmersos en el momento y, por el contrario, al escribirlo después, cuando casi todo se ha olvidado y no queda más que una sensación apagada, junto a un par de detalles nimios.

Y quién sabe. A lo mejor sea justo eso. Que queda tan poco. Como una puerta a punto de cerrarse y uno se aferrara a ese último resquicio, que por algún motivo sobrevivió a todo lo demás, y luego procurara armar algo con eso.

Y no hablo solo de la escritura. Más que nada, me llama la atención el modo en que uno vive. Como si, en cierto sentido (o incluso en todos los sentidos), uno se pasara valorando las cosas a destiempo. Siempre después. Y fuera tan lento, tan lento que solo tuviera la capacidad de darle cierto orden y sentido a las cosas, en el traslúcido mundo del recuerdo.

Por poner un ejemplo. Como si yo no fuera capaz de contar ahora que acabo de llegar con Catalina en el bus de la vereda y que nos recibieron los gatos en el corredor de afuera, mientras un par de aviones sobrevolaban el cerro. Y aunque veníamos pensando en las infinitas nubes negras que vimos desde el pueblo, nos encontramos con un cielo despejado y cubierto de estrellas y etcétera y etcétera. Y a cambio tuviera que esperar años y años para valorar este momento y comprenderlo, supuestamente, como parte de una historia mucho más larga y compleja que ahora ni siquiera entiendo.

Y no sé. En ese futuro hipotético, seguramente lo habría olvidado casi todo. Los aviones, las nubes negras, los gatos en el corredor. A lo mejor ya no tendría importancia. Pero bastaría con mezclar ciertos aspectos de distintas noches para recrear un momento manipulado y, en apariencia, cargado de sentido. Podría sumarle cualquier otro detalle, como un viento helado y una constelación de globos a lo lejos y un búho que me observa con sus ojos enigmáticos desde el portón, como si pintara una imagen a mi antojo.

O mejor aún. En aquel futuro hipotético, podría usar los últimos vestigios de este mismo instante para mezclarlos con otros de otras gentes y otros tiempos y tratar de encaminar una historia inventada, con personajes que salieron de quién sabe dónde y que, en el mejor de los casos, podrían parecerse a Cata y a mí, así no tuvieran nada que ver con nosotros.

También es posible que este mismo instante, contado a partir de sus ruinas, dé la impresión de haber sido vivido por muchas otras personas a lo largo del tiempo. A fin de cuentas, ¿quién no ha regresado a su casa en medio de las estrellas? Sin embargo, por algún motivo que nadie sabe explicar, ese par de precisiones al momento de llegar a la casa pueden dotar a una historia del futuro de un significado indeleble a los ojos de cualquier lector.

Y ese, justamente, es el asunto con las palabras. Que una vez unidas ya no dan la impresión de haber sido traídas desde distintas partes, ni de haber sido manipuladas ni pasadas por distintos solventes hasta generar reacciones irreversibles de las que surgen un sinfín de ilusiones sumamente veraces.

Yo diría entonces que con el tiempo, y a pesar del olvido creciente, uno se las arregla para dotar sus propias historias de un mayor sentido. Y tiene lógica. Claro. En especial, porque se le quita el peso de la simultaneidad y el caos habitual en que ocurren las cosas. Esas mismas que suelen suceder junto a nosotros, dotadas casi siempre de una extraña carga de irrealidad.

Por eso lo decía al principio: es curioso cómo cambian las cosas. Muchas veces, además, los sucesos diarios parecen seguir su curso normal y terminamos profundamente involucrados en nuestra propia inercia. Sin apreciar las cosas como es debido y, encima, quejándonos por asuntos insignificantes, como si un demonio se empeñara en sabotear nuestros mejores momentos y nos nublara hasta el más bello panorama con toda clase de imaginativos reproches.

Ese, diría yo, es uno de los asuntos con las historias. Que podemos seguir siempre a nuestro ritmo y que ellas son una especie de simplificación que nos permite depurar el ruido y el ripio de todo lo que acontece en simultáneo. Nos brindan orden e ilusión de orden. Muchas veces sosiego. Lo que no deja de tener algo de loco o de raro o de triste o como se le quiera llamar. Porque, en cierta manera (o incluso de todas las maneras) es como si a uno por su propia cuenta le fuera imposible anticiparse a los caprichos de la nostalgia. A lo que perdurará de una época. En fin. Al perpetuo instante que tanto se nos escapa y que, paradójicamente, siempre tratamos de capturar después, mucho después, en el tan mentado recuerdo.

Para recapitular, como diría Porfirio, hay vidas en que somos tan lentos, tan lentos, que vemos pasar las cosas sin darnos cuenta. Y también hay vidas en que somos tan raros tan raros que pretendemos regocijarnos más de la cuenta con los recuerdos. Solo que al final somos tan locos, tan locos, que creemos entender algo cuando ya es tarde. Como si captáramos, al fin, una luz supremamente real, absurdamente real, como tantas veces sucede en sueños.

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