Un día alguien se matricula en el primer semestre de física. O de ingeniería. Lo sobrepasan enseguida las asignaturas y obtiene notas bastante malas. Al final, no tiene más opción que pasarse a otra carrera más fácil. Digamos psicología.
En algún momento, ese alguien lee las obviedades que ciertos psicólogos (y también filósofos) suelen disfrazar de abstracciones de dudosa complejidad. Por ejemplo: los seres humanos (al igual que el resto de los animales) son sumamente adaptables por naturaleza.
Los días pasan. Una evaluación académica sigue a la otra y las notas generales promedian 3.4. Siguen nuevas materias y nuevos semestres y no faltan las conversaciones absurdas en tiendas y cafeterías. Incluso algunas borracheras difíciles de recordar. Hasta que llega el momento: la primera singularidad.
Cualquiera sabe que los acontecimientos neuronales resultan imposibles de seguir de una manera lineal, ininterrumpida. Aun así, es obvio que en algún momento de la carrera ese alguien descubre que los llamados traumas suelen superarse y que a pesar de la dificultad inmanente de la vida, los seres humanos siguen adelante y muchas veces de un modo más o menos normal.
El siguiente paso se ve reflejado en un ensayo plagado de citas bibliográficas y de frases contagiadas por las ampulosas y torpes costumbres de la escritura académica. Nudos de anzuelos redundantes. Comas infinitas. Sintaxis enturbiada al máximo. Repetición disfrazada de profundidad. Y claro: el uso desmedido del verbo evidenciar que de manera paradójica (o evidente) ayuda a que ese alguien obtenga buenas notas por primera vez.
Ese alguien, de todas formas, alcanza a vivir instantes de sinceridad. Y justo antes de su primer éxito académico, llega a pensar que no es correcto presentar como evidente algo que pretende ser un hallazgo. Pero el ejemplo del mundo universitario es implacable. No hay modo de luchar contra él. Y tras verificar el poder que la repetición de un mismo concepto ejerce sobre sus docentes, ese alguien se entrega por completo a la escritura pastosa, arrogante, rimbombante y repetitiva.
El segundo momento de iluminación llega de golpe, minutos después de la muerte de un familiar cercano. Nadie sabe si se trata de un mensaje telepático proveniente del espacio exterior o de un simple artilugio de la mente con tal de aplacar la congoja. Y tampoco importa. El resultado es exactamente el mismo y ese alguien termina sumergiéndose en libros de fácil lectura, en los que se habla de resistencia, fortaleza, adaptabilidad, superación y otras cosas por el estilo. En esas anda, cuando un vago recuerdo ingenieril surca su mente como una estrella fugaz.
—¿Como era la palabra? ¿Cómo era? —se pregunta varias veces.
Lo cierto es que no logra recordar. Ni siquiera de camino al velorio, cuando recurre al viejo truco de no pensar en algo para acordarse de ese mismo algo. El milagro, sin embargo, llegará dictado unos meses más tarde.
Al siguiente semestre, debe mudarse de casa y, en medio del desorden, se evidencia lo evidente. Tiene muchas más cosas de las necesarias y debe aprovechar la ocasión para botarlas. Empezando por unos cerros de fotocopias de la carrera anterior. Y ¡oh, casualidad! Al mirar de cerca el primer título de la pila descubre lo que tanto buscó entre las cajas de su propia memoria. Resiliencia. Resiliencia. Resiliencia. Una palabra tan complicada como fácil de olvidar.
Tras una primera lectura, el concepto le causa cierta decepción. Sus expectativas eran algo elevadas y el contraste con la realidad le genera algunas dudas. Bien entendible. La intención, desde el primer esbozo de su firmamento mental, era tomar ese concepto del mundo preciso de la física y extrapolarlo al resbaladizo plano de la psicología.
Repasándola una y otra vez, descubre que la palabra designa la máxima energía de deformación que se le puede aplicar a un material sin que alcance su límite elástico. O como prefiere buscar en Wikipedia: la capacidad de memoria de un material para recuperarse de una deformación, producto de un esfuerzo externo. También está el concepto de tenacidad. Y ambos son afines. Pero distintos. Prefiere entonces no pararle mucha atención a esa nimiedad y, sin que las cosas cuadren del todo, más bien sigue adelante.
El siguiente obstáculo mental es bastante obvio. ¿Cuál es el límite elástico de una persona? ¿El apareamiento? ¿La drogadicción? ¿La locura? ¿La catatonia? ¿La muerte? ¿El más allá? Para completar, está la aburrida cuestión de comparar a las personas con los aceros suaves y (peor aún) con los aceros austeníticos que suelen regresar a su estado inicial como si nada hubiera pasado. Solo que, ay, en psicología (y también en la vida real) el estado inicial de los seres humanos siempre se modifica con lo que sucede. La llamada experiencia.
Lo siguiente, sin lugar a dudas, pertenece al terreno de la malicia, cuando ese alguien se convence de que en realidad (o en falsedad) nada de lo anterior importa. La resiliencia ya viene con un potencial elástico incorporado y logrará adaptarse al volátil mundo de la psicología. Incluso trascenderlo, sin importar que deba engullir todo tipo de conceptos distintos como aguante, resistencia, fortaleza, adaptabilidad, superación, capacidad de sobreponerse, incluso tenacidad, para luego regurgitarlos en una plasta de significado único.
Es increíble. De repente todo cuadra. A partir de ahora, todas esas palabras (y muchas más) responderán al nombre de resiliencia.
Lo demás es coser y cantar. Basta con retirarse de la carrera antes de empezar el trabajo de grado y escribir un libro sobre el tema (o mandarlo a escribir). Muy pronto habrá creado un concepto genérico que sirve para todo tipo de situaciones y nadie podrá reclamarle al respecto. La humanidad, después de todo, ya viene empeñada en reducir el número de palabras de su inmenso alegato, con tal de simplificar al máximo la polémica y poder difundirla a velocidades supersónicas.
Mirando el atardecer, una honda felicidad invade su cuerpo y una suerte de hormigueo refrescante hace que sienta algo muy llamativo. Hasta ese instante, un rígido paréntesis de significados (y significantes) ha venido rigiendo su vida. Luego alcanza a evocar una vez más la tonalidad musical de su nuevo concepto y, a medida que lo repite, las palabras en general comienzan a parecerle intrascendentes. Poco a poco, sus pensamientos se van disolviendo en las últimas luces que tiñen la cordillera y, de un momento a otro, ya no existen más.
