{"id":4146,"date":"2026-04-29T18:25:19","date_gmt":"2026-04-29T23:25:19","guid":{"rendered":"https:\/\/viboralblog.com\/?p=4146"},"modified":"2026-05-07T11:27:22","modified_gmt":"2026-05-07T16:27:22","slug":"intentos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/viboralblog.com\/index.php\/2026\/04\/29\/intentos\/","title":{"rendered":"Intentos"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Llevaba un a\u00f1o y medio en Buenos Aires cuando Eduardo me llam\u00f3 de Australia para que hici\u00e9ramos un guion. La verdad, no s\u00e9 muy bien c\u00f3mo se le ocurri\u00f3. Solo recuerdo que habl\u00f3 de unos productores que hab\u00eda conocido, de la plata que pod\u00edamos hacer y hasta de triunfar en Hollywood.<br><br>Hasta ese d\u00eda yo no hab\u00eda escrito nada en serio. No me hab\u00eda acercado a la narrativa ni mucho menos a los guiones. Eduardo en cambio s\u00ed. Hab\u00eda trabajado en una novela que termin\u00f3 en manos de unos ladrones tailandeses con los que desapareci\u00f3 para siempre&#8230; El caso es que por alg\u00fan motivo pens\u00f3 en m\u00ed para hacer el guion. Yo le respond\u00ed que claro, que me parec\u00eda muy bacano, pero que no ten\u00eda ni computador ni plata para comprar uno.<br><br>Ante ese panorama, cualquiera me habr\u00eda descartado de entrada. Eduardo, sin embargo, es de esos amigos que se sue\u00f1a cualquiera. Solo dijo que no hab\u00eda problema, sali\u00f3 a comprar un computador y me lo envi\u00f3 por correo.<br><br>Yo sal\u00ed por tierra para Argentina en 2006, con la intenci\u00f3n de escribir. No conoc\u00eda a nadie por esas tierras ni ten\u00eda mayores referencias del pa\u00eds. Me gustaban Maradona, Caniggia, Gardel, Goyeneche, Borges, Puig, V8, Herm\u00e9tica\u2026 Y sab\u00eda dos cosas importantes. No ped\u00edan visa para ingresar y la vida segu\u00eda siendo barata, debido a la crisis de 2001.<br><br>Medell\u00edn en cambio parec\u00eda agotado para m\u00ed. Llevaba rato pensando en irme. Las puertas se ve\u00edan cada vez m\u00e1s cerradas y, entre no haber terminado la universidad y mi falta de imaginaci\u00f3n, el asunto de conseguir trabajo se hab\u00eda complicado hasta extremos absurdos. Adem\u00e1s, a la hora de escribir, que era lo que supuestamente quer\u00eda, andaba pose\u00eddo por el aplazamiento m\u00e1s radical. Algo rugoso, seco, incontrolable me paralizaba por dentro y no parec\u00eda tener fin. Tanto as\u00ed que despu\u00e9s de a\u00f1o y medio en Buenos Aires la mano no ven\u00eda muy distinta. Hab\u00eda trabajado todo el tiempo de mesero y ahorr\u00e9 para comprar un computador, pero al final, en vez de hacerlo, me fui para Brasil, me gast\u00e9 toda la plata y volv\u00ed a Buenos Aires a empezar de cero.<br><br>No sab\u00eda muy bien por qu\u00e9, pero llevaba a\u00f1os sabote\u00e1ndome a m\u00ed mismo. Como si la vida fuera solo un juego y no tuviera que tom\u00e1rmela medio en serio.<br><br>El impulso de escribir, como cualquier impulso, es algo misterioso, que no requiere explicaci\u00f3n. Uno est\u00e1 por ah\u00ed un d\u00eda cualquiera y de pronto siente la necesidad de hacerlo. Es dif\u00edcil incluso de rastrear en el tiempo. De todas formas, no creo que el orden temporal sea lo importante. Lo importante es que el impulso est\u00e1 ah\u00ed, y hay que tratar de aprovecharlo.<br><br>En mi caso, uno de los primeros impulsos de escritura que recuerdo fue a los trece a\u00f1os. Hab\u00eda una chica que me gustaba y, por una mala coincidencia del destino, cre\u00ed que hab\u00eda salido con un amigo m\u00edo. Fue lo peor del mundo, y si hubiera tenido que hablar con ella, no habr\u00eda sido capaz de decir nada. Solo que, en vez de hablar, sin saber ni c\u00f3mo ni por qu\u00e9, me puse a escribir durante buena parte de la noche hasta entregar al d\u00eda siguiente una carta llena de reclamos y sensaciones que a ella incre\u00edblemente parecieron gustarle.<br><br>As\u00ed escrib\u00ed durante un tiempo. A punta de impulsos. Cartas, prosas cortas, versos, sensaciones de momento, que se convirtieron en un h\u00e1bito intermitente del que nunca esper\u00e9 nada. Aunque no s\u00e9 bien c\u00f3mo definir esos escritos, si tuviera que hacerlo, ser\u00edan algo as\u00ed como supuestamente po\u00e9ticos. L\u00edneas sublimes, atmosf\u00e9ricas, musicales, que luego quedaban a la deriva. Perdidas por ah\u00ed. Sin corregir. Como ideas fugaces que se apagan.<br><br>D\u00edas antes de la llamada desde Australia, el restaurante de Palermo donde yo trabajaba hab\u00eda cerrado. Afortunadamente, me dej\u00f3 dinero suficiente para pagar la pensi\u00f3n donde viv\u00eda y pasar tranquilo el invierno. M\u00e1s all\u00e1 de eso, no sab\u00eda qu\u00e9 hacer. En ese sentido, mi vida era algo rara, absurda. Llevaba a\u00f1os imaginando historias para escribir, pero nunca lo hac\u00eda, al extremo de no haber empezado una sola l\u00ednea. Fue entonces cuando lleg\u00f3 el computador, destinado para un guion del que nunca se volvi\u00f3 a hablar, y por fin me atrev\u00ed a contar una historia.<br><br>Empec\u00e9 as\u00ed no m\u00e1s, a llenar l\u00edneas en la pantalla, con una idea sumamente et\u00e9rea, como el esbozo de un recuerdo que no se llega a concretar.<br><br>En el fondo, todo aplazamiento mantiene una estrecha relaci\u00f3n con los miedos. En especial con el miedo a estrellarse con la realidad. Por lo general, cualquiera empieza a aplazar las cosas, muy campante, como si no tuviera nada que ver consigo mismo. Solo que despu\u00e9s, al pasar un punto, es f\u00e1cil descubrir que algo se ha salido de las manos y, una vez que andamos sumidos en esa l\u00f3gica, la inacci\u00f3n puede disfrazarse de pereza, de parranda, de lo que sea, pero sin perder su inmanente v\u00ednculo con el miedo.<br><br>El caso es que empec\u00e9 a escribir y vi morir al fin a ese monstruo terrible del aplazamiento y avanc\u00e9 feliz entre las primeras hojas para adentrarme en un paisaje completamente nuevo.<br><br>Como era de esperarse, no ten\u00eda idea de lo que hac\u00eda. De todas formas, s\u00ed sab\u00eda una cosa. No quer\u00eda que mi historia se perdiera entre las ramas. No quer\u00eda llenar l\u00edneas solo por llenarlas. Esperaba avanzar con buen criterio y sinceridad. Sin quemar tiempo, como se dice en el f\u00fatbol. Y trat\u00e9 de hacerlo. Hasta que me top\u00e9 con el obst\u00e1culo m\u00e1s obvio de todos. Los p\u00e1rrafos no me sal\u00edan o, en el mejor de los casos, parec\u00edan puro relleno.<br><br>\u00bfC\u00f3mo hac\u00eda la gente que escrib\u00eda bien para llenar libros enteros con palabras necesarias de verdad?<br><br>En Argentina, entre mis constantes amagos de escritura, hab\u00eda le\u00eddo sobre la forma en que escrib\u00edan los escritores famosos, en las entrevistas del <em>Paris Review<\/em> que encontr\u00e9 en la Biblioteca Nacional. Sab\u00eda entonces que algunas historias hab\u00edan fluido como un torrente que encuentra de manera espont\u00e1nea su lugar en la p\u00e1gina, mientras que otras hab\u00edan surgido de una rutina enloquecedora que nada ten\u00eda que ver con la tal inspiraci\u00f3n. Aun as\u00ed, al enfrentarme con una dificultad tan obvia como no poder avanzar en la extensi\u00f3n, llegu\u00e9 a pensar que yo no serv\u00eda para eso. Pero uno piensa muchas cosas, claro, y afortunadamente segu\u00ed.<br><br>A pesar de las complicaciones, tambi\u00e9n era consciente de que no me estaba pasando nada nuevo. Cada quien tiene sus dificultades y siempre se trata de ver c\u00f3mo resolverlas. De modo que segu\u00ed con esa historia sin rumbo, ingenua y, por qu\u00e9 no decirlo, recontramala, que consist\u00eda b\u00e1sicamente en alguien que andaba por las calles de Medell\u00edn sin nada para hacer, hasta que comenzaban a sucederle cosas (cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia).<br><br>En definitiva, escrib\u00eda lo que se me iba ocurriendo y sin mayor imaginaci\u00f3n, pero sin que existiera un motor fundamental o, por lo menos, algo que hiciera avanzar la historia, que le diera fuerza, coraz\u00f3n. Y es que no s\u00e9 muy bien como decirlo. En cierto modo, las cosas solo pasaban. Y ya&#8230; Al son de las maracas, como se dice por ah\u00ed. Con todo y eso, el ejercicio era enriquecedor y tuve la bella sensaci\u00f3n de poder extenderme por primera vez sobre las p\u00e1ginas sin necesidad de quemar tiempo. Eso me gust\u00f3.<br><br>Unas semanas m\u00e1s tarde, me detuve sorprendido ante la cantidad de p\u00e1ginas que llevaba y empec\u00e9 a corregirlas. Fui quitando basura, arreglando frases, tratando de darle vida al relato. Lo incre\u00edble era que en cualquier parte del texto que retomara, la escritura resultaba tan ajena como si hubiera salido de otra persona. Y no de una persona cualquiera, sino de alguien torpe, est\u00fapido. Alguien que no ten\u00eda la menor idea de c\u00f3mo hilvanar palabras. Ni sentido com\u00fan. Ni ritmo. Ni el m\u00e1s m\u00ednimo encanto.<br><br>Infortunadamente, ese alguien era yo, y no era f\u00e1cil admitirlo. Para completar, sent\u00eda que mis antecedentes sublimes, atmosf\u00e9ricos y musicales de a\u00f1os atr\u00e1s no hac\u00edan m\u00e1s que perjudicarme y deb\u00eda deshacerme a toda costa de ellos.<br><br>D\u00eda y noche escrib\u00ed durante el invierno y parte de la primavera en ese cuarto de Bol\u00edvar y Juan de Garay, no muy lejos de donde tiene lugar el <em>Aleph<\/em>. Algo que yo mismo ve\u00eda como una paradoja. Mi vida, en ese momento, era justamente lo contrario a la idea (algo rid\u00edcula) de un todo observable ubicado en un mismo punto. Y era cierto. Aunque esa vida m\u00eda era tambi\u00e9n algo rid\u00edcula, solo sab\u00eda manifestarse de forma dispersa, casi tendiendo a la nada.<br><br>Aun as\u00ed, continu\u00e9 llenando p\u00e1ginas. Corrigi\u00e9ndolas. Haciendo todo tipo de cambios. Introduciendo nuevos elementos. So\u00f1ando con el criterio perfecto. Estrell\u00e1ndome. Aprendiendo. Buscando algo que pareciera de verdad.<br><br>Juli\u00e1n, un amigo de toda la vida, lleg\u00f3 en septiembre a Buenos Aires con su hermano Santiago. Ambos iban de vacaciones, pero Santiago consigui\u00f3 trabajo en un cultivo de ar\u00e1ndanos en Entre R\u00edos y prefiri\u00f3 quedarse. Alcanzamos a tomar cerveza varios fines de semana por las calles de San Telmo, hasta que en diciembre me habl\u00f3 de una entrevista que ten\u00eda en C\u00f3rdoba y decid\u00ed acompa\u00f1arlo. Fuimos en tren hasta la ciudad capital y luego estuvimos en la Quebrada del Condorito, donde los c\u00f3ndores les ense\u00f1an a volar a sus hijos. Por \u00faltimo, visitamos Mina Clavero, donde conocimos a Manuel, un espa\u00f1ol con el que planeamos un viaje a Tierra del Fuego.<br><br>Al llegar enero, los tres bajamos echando dedo por la costa hasta cruzar en el tren Patag\u00f3nico los casi mil kil\u00f3metros que separan Viedma de Bariloche. Anduvimos dos meses acampando, prendiendo fuego y cocinando en olla de aluminio hasta llegar a Ushuaia, donde Manuel rebot\u00f3 enseguida para Buenos Aires, mientras Santiago y yo nos dedicamos a vender fotograf\u00edas por ah\u00ed. Con eso pagamos el camping, la comida y el vino, hasta que Santiago regres\u00f3 a Buenos Aires y yo me qued\u00e9 con M\u00f3nica y Diego, unos vecinos colombianos del camping.<br><br>En realidad, yo hab\u00eda pensado buscar trabajo en Ushuaia y quedarme a vivir una temporada. Tanto as\u00ed que hab\u00eda llevado el computador, con el objetivo de no abandonar el escrito. Sin embargo, muy pronto decid\u00ed que solo me quedar\u00eda a conocer y me dediqu\u00e9 a andar con la gente del camping. Acampamos con los zorros y las liebres en el parque Lapataia y despu\u00e9s me fui para Tolhuin, donde a un amigo argentino, apodado Nacho, le hab\u00edan prestado una casa sin luz, cerca del Lago Fagnano, en la que obviamente no escrib\u00ed nada.<br><br>Y debo decirlo. En realidad, no entiendo muy bien qu\u00e9 sucedi\u00f3. Solo s\u00e9 que en medio de esos paisajes que pintan de verde el final de un desierto inmenso, me fui desanimando con una historia que no llegu\u00e9 ni a tocar. Luego lleg\u00f3 abril y el fr\u00edo se volvi\u00f3 insoportable y regres\u00e9 a Buenos Aires, echando dedo y acampando en los peajes, para encontrarme con Daniel, otro amigo de Colombia que acababa de aterrizar. Pagamos juntos un hotel residencial en la plaza de Congreso y, una vez ah\u00ed, despu\u00e9s de varias noches de intentos forzados, tuve que aceptarlo. Lo que estaba escribiendo no iba para ning\u00fan lado. Por alg\u00fan motivo que escapaba a mi comprensi\u00f3n, la historia hab\u00eda nacido sin vida y su papel solo ser\u00eda el de un valioso ejercicio de extensi\u00f3n.<br><br>Y as\u00ed, al igual que en muchos de mis proyectos anteriores, las cosas se fueron durmiendo hasta quedar inconclusas.\u00a0<br><br>&#8230;<br><br><em>Amigas y amigos, este es el primero de varios textos que publicar\u00e9 para ir ambientando la esmerada reedici\u00f3n de Sue\u00f1o blanco que saldr\u00e1 con Yarumo Libros en septiembre para la Fiesta del libro de Medell\u00edn. Ah\u00ed les ir\u00e9 contando\u2026<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Llevaba un a\u00f1o y medio en Buenos Aires cuando Eduardo me llam\u00f3 de Australia para que hici\u00e9ramos un guion. 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